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miércoles, 5 de julio de 2017

La decadencia del viejo Itatí, demoler por destruir o dejar caer la memoria pública, triste destino para la identidad

HUELLAS QUE SUENAN


“25 de mayo 510” decía orgullosa mostrando al cartero, que llegaba en bicicleta, los tres números bien lustrados que lucían en la puerta de entrada de su casa, mientras se escuchaba una melodía en piano ejecutada tímidamente por alguna niña que no superaba los diez años y apenas alcanzaba los pedales de ese gran instrumento.

Es que aquella puerta junto al timbre chicharra, invitaba a pasar a una cómoda casa donde el confort se hacía presente de manera discreta pero con la calidez de un hogar cuidado, querido. Su dueña, era una señorita, con la edad suficiente para peinar canas aunque coquetamente las ocultaba con algún artilugio femenino que combinaba perfectamente con su espíritu jovial, su locuacidad, y simpatía.

Integrante de una familia numerosa, con una madre ama de casa y un padre prefecto naval, como contaba a sus alumnos, había estudiado piano siendo muy joven y haciendo de su vocación una profesión para toda la vida. Ya estaba retirada de las aulas, pero su hogar seguía siendo casa de estudios, esta vez para los hijos de su ex alumnos, quienes recibían clases de piano con la carga emotiva de alguna anécdota de la infancia de sus padres, y que sin dudas no había cuota que pudiese pagar tales recuerdos.

Era la dueña de esa casa pero no su única habitante, ya que a diario recibía gustosa a sobrinos y sobrinos nietos que copaban el hogar, dándole aún más vida con el bullicio donde predominaban voces infantiles. Cada rincón de esa casa tenía algo de ella, las paredes empapeladas en la sala, el juego de sofás donde cada tarde compartía con sus visitas mientras miraban televisión, la sala de estudio donde había un lugar para cada mochila de sus alumnos, un gran reloj (sincronizado con el de radio Corrientes) que marcaba las horas de ingreso y finalización de cada clase; y su anfitrión: el piano, que fue víctima de los alumnos que tallaban grafitis e iniciales como prueba de su paso por ese majestuoso y desafiante instrumento de 64 teclas blancas.

El resto de la casa siempre en orden y con agradable fragancia, hacía que esa casa no fuera un lugar de estudio sino más bien un hogar donde se compartía el saber musical. Esa casa fue testigo de un Itatí tranquilo, donde la puerta de entrada permanecía abierta durante todo el día, y las ventanas estaban libres de rejas. Esas mismas ventanas que servían de platea para aquellos que querían ver televisión y tal vez no podían en sus hogares, o muchas veces sirvieron para entregar un plato de comida a quien pasaba pidiéndolo.

Esta Señorita servicial y alegre no ocultaba su fuerte carácter para hacer que sus pequeños y jóvenes alumnos estudiaran con responsabilidad y adquirieran paulatinamente el hábito de hacer música con método, virtuosidad y ejercitación. Composiciones de Kolher, Bach, Mendelson, Bethoven, Diabelli y tantos más se escuchaban a diario en esa casa, ejecutadas con la intensidad propia de cada alumno pero con la necesaria corrección de la profesora cuando no se respetaban las alteraciones musicales.

Como olvidar el espacio donde se deban las lecciones de teoría y el tan temido solfeo, que al estudiarlo, unía las manos algo arrugadas de la profesora con las pequeñas de cada alumno, marcando suavemente los tiempos de cada compás.

Esta Profesora se llamaba Delicia Ruiz Díaz, aunque para todos era nuestra “Señorita Chona”, y una de esas nenas a las que le costaba llegar a los pedales del piano era yo. La Señorita Chona se fue hace unos años, rodeada de sus afectos, con algunos recuerdos mezclados de una mente ya frágil, y con ella esa casa fue cerrando definitivamente su puerta, esa misma que lucía el 510. Muchos son los recuerdos que tengo de ella, y precisamente en esa casa a la que entrabamos tocando el timbre chicharra y mirando esos tres números, fue el primer lugar donde festejé el día del profesor y donde orgullosa recibí mi regalito por el día del estudiante.

Hoy 2 de julio cumpliría años, no sé cuántos, porque nunca supe su edad (ni me atreví a preguntarle), pero al pasar por su casa, que ya nada se parece a aquella en la que pasé tanto tiempo, es inevitable recordar miles de anécdotas y sentir nostalgia de los sonidos que ahora solo suenan en mi memoria. Aunque su casa se esté desvaneciendo e Itatí ya no sea el mismo, los recuerdos de la Señorita Chona Ruiz Díaz permanecen intactos, porque son de esos que dejan huellas, huellas que suenan muy fuerte, como las melodías que ella tocaba, y todavía se escuchan cada vez que hacemos caso a la memoria.

Teresita González Azcoaga